uando
uno realiza un viaje por Europa de mochilero se encuentra con tantos lugares
por conocer que viaja de un lado a otro tratando de visitar la mayor cantidad
de ciudades y lo único que consigue es no conocer nada y terminar
con la cabeza y el cuerpo destruidos. En esa situación me encontraba
junto con un amigo en Valencia, luego de cubrir en un tiempo récord
de una semana las ciudades de: Madrid, Toledo, Barcelona, Sevilla, Valencia,
Cullera, etc. No queríamos saber nada más, estabamos muy
cansados.
Antes de partir hacia
Europa, había llamado a un amigo para despedirme, me atendió
su hermana y al enterarse que me iba al viejo continente me recomendó
que vaya a visitar al padre Tiziano en Cles, un pueblito de Trento.
Sin más información que esa, le agradecí y me guardé
el papelito con los datos de este personaje en mi bolsillo.
Así cansados
como estábamos, sin ganas de seguir turisteando, me encontré
con este papelito, todo arrugado y, ya sea por el agotamiento que teníamos
y porque no podíamos pensar demasiado, o porque el tren salía
en media hora y el viaje duraría 36 horas (más que suficiente
para dormir una buena siesta), decidimos irnos del sur de España
directo al norte de Italia.
El viaje fue agotador,
el tren tuvo atrasos y demoramos casi dos días en llegar a Trento.
Una vez allí nos indicaron que para llegar a Cles había
que tomarse un tren local que se mete entre las montañas, lo
abordamos y a eso de las nueve de la noche llegamos sucios, hambrientos
y cansados a la puerta del convento donde vive el famoso padre Tiziano.
Tocamos la puerta
como quien la toca a un viejo amigo, y nos abrió el padre Tiziano,
un hombre joven, de buen aspecto que se nos quedo mirando y esperando
a que le dijéramos a qué habíamos venido. Lo saludamos
y le preguntamos si era él el padre que buscábamos, nos
respondió que sí, y nos preguntó qué queríamos.
Nada, le respondimos, simplemente nos dijeron que te vengamos a ver.
Ahí comenzó a gritarnos en un italiano lunfardo señalando
la hora, nuestro aspecto, etc. Con mi amigo nos queríamos matar,
tanto viaje para oír los gritos de un desconocido. Le dimos que
se calle la boca y nos indicara a donde podíamos alojarnos. Se
metió dentro de su habitación, y enseguida salió
con trescientos dólares, nos los dio y nos señaló
un hotel cinco estrellas que estaba al frente del convento para que
vayamos a dormir, nos pidió que regresáramos al mediodía.
Al día siguiente
fuimos hacia el convento, allí había un grupo de jóvenes
mochileros que nos explicaron que el padre Tiziano pertenece a una orden
cuya misión en la tierra es proteger al viajero. Toda la zona
era un lugar dedicado al cultivo de manzanas y uvas y los campesinos
tomaban a los viajeros para trabajar en la cosecha, la paga era buena,
aproximadamente U$ 2000 por un mes y medio de trabajo.
Pero la recolección
de manzanas comenzaba a mediados de septiembre, y nosotros habíamos
llegado a fines de Agosto, faltaban aún dos semanas.
Una vez más
el padre Tiziano extendió sus alas protectoras y nos dió
dinero para comprar una carpa y ropa adecuada para acampar a orillas
del lago. Estuvimos diez días de campamento junto con árabes,
holandeses, españoles, africanos, etc. De guitarreada en guitarreada,
y de fogón en fogón, almorzando en el convento y cocinando
a la noche lo que pescábamos en el lago.
La época
de cosecha se acercaba, pero nosotros no habíamos ido a trabajar,
vendimos nuestra carpa a unos indúes recién llegados y
decidimos tomar el tren a Udine, justo por esos días Pink Floyd
estaba realizando su gira por USA y Europa, y iba a tocar en esa ciudad.