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Laureana Rubinetti

Santa Guatemala
Pascua en el corazón del mundo maya

Día por día

Jueves
Viernes
Sabado
Domingo

F

lanqueada por Agua al sudeste, Fuego al sudoeste y Acatenango al oeste, tres volcanes que son los responsables del marco visual de la ciudad, se erige, desafiando al destino, doña Antigua Guatemala. Hernán Cortés encomendó a don Pedro de Alvarado conquistar esas tierras, y él se enamoró de los valles, las colinas sembradas de maíz y los pinos imponentes. Y fue ahí donde fundó, el 25 de julio del año del Señor de 1524, la primera capital de Centroamérica, Santiago de los Caballeros de Guatemala. Los eventos históricos y las catástrofes naturales han hecho pensar a los antigüeños que todo era un supremo plan de Dios para probar el valor de su fe. Terremotos, erupciones y avalanchas provocaron que la ciudad fuera reconstruida tres veces. Pero “no hay antigüeño que no haga procesión”, como dicen las abuelitas sentadas a la sombra del volcán.


Jueves

Y dijo Jesús: "Ustedes saben que la pascua cae dentro de dos días, y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen"(Mateo 26,2)

Y al primer día, Antigua empieza a desplegar un espectáculo cuasi hollywoodense para los ojos. La semana Mayor o semana de Pascua despierta el imaginario católico, y los 40.000 lugareños inician el ritual del culto. Todo fue preparado con tiempo: los materiales están dispuestos, las formas delineadas, los colores combinados en las mentes y de pronto, en las calles, todo el misticismo antigüeño latente encuentra su lugar. Si bien según reza el dicho "la procesión va por dentro", en este rincón del mundo la procesión no tiene que ver con el dolor interior, sino con la ofrenda y el halago a Dios. En un encaje perfecto de culturas, los antigüeños expresan en la sangre y en la piel el agradecimiento y respeto a Dios igual que sus ancestros mayas guatemaltecos. En un pueblo de verdad, con negocios, ciber-cafés, hoteles y plaza mayor se desarrolla la tradición. Nadie escapa a la Pascua; en una especie de competencia de demostración de fe, las familias trabajan todo el año para llegar preparadas a este momento. Los lazos que los unen se ponen de manifiesto esperando el segundo de gloria en que ese Jesús caminante posa sus plantas en las efímeras creaciones: vecinos, amigos y a veces turistas que quieren colaborar se juntan para realizar las mentadas alfombras exquisitamente diseñadas,con flores, aserrín teñido de distintos colores, frutas, verduras, semillas y ramas de pino, que forman estupendos tapices, quizás un poco para consolar al hijo de Dios en su martirio.El Jueves Santo las 42 iglesias preparan los altares con flores, velas y alfombras. Los sagrarios están listos y las imágenes del Jesús crucificado y su madre acompañante empiezan el calvario por las calles. Los jacarandás se visten de flores moradas y las notas de la marcha fúnebre atraen hasta al menos curioso, pero nada supera al imponente paso sacrificado, penitente y cansado de los procesionales nazarenos, que llevan a cuestas al Cristo en la cruz. Los siguen vírgenes dolorosas, a cuyo paso los feligreses piden protección, también camina, astuto, un escurridizo y repudiado Poncio Pilato, que no se esfuerza en ocultar su provocadora y corrupta malevolencia. Al cortejo lo encabezan los ciriales, la banda de trompeteros, sucedidos por un escuadrón de galileos que, vestidos con trajes de época, portan 15 cruces correspondientes a las estaciones del Vía Crucis. Detrás de ellos vienen seis decurias romanas, el estandarte y pabellón de una de las iglesias y decenas de incensiarios que inundan de humo el aire, negro en algún momento, blanco en otro.

Viernes

“Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15, 33-35).

El Viernes Santo por la tarde salen por la calle ancha de los herreros las procesiones del Santo Entierro. Es un día de tristeza; hombres adultos y sus hijos varones llevan túnicas negras que representan la muerte de Jesucristo. El escarnio y la humillación cubren el sagrado cuerpo en la oscura noche de Antigua. Ahora es la imagen de un Cristo yacente la que domina con extrema solemnidad la atención de los antigüeños y del visitante, que también puede participar de las procesiones. Sólo necesita el traje adecuado, camisa de cuello, corbata a tono y zapatos de vestir, previamente comprados en la sacristía de la iglesia que tiene a cargo la organización de la procesión. Y debe reservar su turno para cargar otra cruz que no sea la propia.

Cae la noche y los feligreses regresan a sus hogares; son horas de espera de un Cristo moribundo en la cruz. Al alba, cuando todo está en quietud, se escucha el paso de los cascos enérgicos. Se abren las ventanas y el turista sobresaltado presencia un hecho atemporal: un batallón de soldados romanos que gritan a su paso: “Ha muerto Jesús, ha muerto Jesús”. Y después sobrevienen el silencio y la desolación de un pueblo que cada año revive fielmente todo el proceso sufrido por el Nazareno.

Sabado

Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu” (Mateo 27, 50).

Antigua permanece en vigilia, como si los siglos no hubiesen transcurrido ni la humanidad se hubiese transformado. Las velas iluminan la noche como prescindiendo de la modernidad; cada hogar enciende su candela en pos de pedir, rezar y estar más cerca de Dios, provocando un destello de esperanza ante la ansiada Resurrección. Para el visitante, el sábado es el mejor tiempo para concentrarse en menesteres más mundanos. Por todos los rincones se levantan puestos, improvisados y no tanto, de venta de las típicas torrejas (masas de repostería fritas bañadas en mieles de azúcar), buñuelos, corruptela culinaria de los profiteroles franceses y rellenitos, hechos con bananas molidas y frijoles negros, acompañados de crema de leche y azúcar. Pero tal vez lo peor sería no probar el caldo real, en la Fonda de la calle Real, donde comer sin hambre es pecado y hace mal. En Antigua los días transcurren en calma, los lugareños se juntan por las tardes en la Plaza Mayor a ver pasar la vida y a escuchar música clásica; por disposición del Gobernador, todas las caídas de sol deben ser recibidas con la música que invade el pueblo desde los parlantes del Palacio de los Capitanes Generales, donde funcionan la casa de Gobierno y el destacamento policial. Al norte de la plaza está el Palacio del Ayuntamiento, en el lado oriental se encuentra la fastuosa Catedral Metropolitana que data del siglo XVI y al oeste hay unos cuantos bancos y comercios que respetan ediliciamente el estilo colonial. Al lado de la iglesia de San José se aprecia una serie de piletones, llamados “el lavado público” que son provistos de agua por una gran pileta general que mantiene el gobierno; es el lugar donde todas las mañanas las mujeres indias bajan desde sus humildes chozas al pie de los volcanes, cargando atados de ropa colgados de sus frentes. Van hasta ahí para lavar la ropa y los hijos.

Domingo

“No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí” (Marcos 16, 6).

Y comienza la fiesta, la verdadera fiesta cristiana. Los antigüeños festejan el paso de la muerte a la vida, el goce de la resurrección del hijo de Dios. Los colores estallan en las alfombras, en los ropajes y en las naves de madera que se vuelven a decorar para posar nuevamente en ellas las centenarias representaciones del Nazareno, de la Virgen María, de San Juan o de la Magdalena. Miles y miles de personas se amontonan apaciblemente en las calles, con deferencia y afecto por la sentida Resurrección. Por suerte la pesadumbre de la tristeza ya no se pasea por Antigua. Los diarios reflejan la emoción de los habitantes y no queda personaje sin entrevistar, ni historia, por menuda que sea, por contar. En el Prensa Libre se publican los horarios y los recorridos de las procesiones y las donaciones que han realizado, en esa oportunidad, las familias más destacadas y antiguas de la ciudad. La Semana Mayor arriba a su fin; el verdadero sentido de la Cuaresma se ha cumplido. Otra vez, el Cristo ha resucitado. Atrás quedaron los días de dolor y tristeza por el sufrimiento del Redentor. La alegría invade las calles, las casas y las gentes. El turista puede irse en paz: ha participado de uno de los más emotivos homenajes religiosos populares, un verdadero espectáculo que acaricia la mente, el alma y los sentidos.

Copyright San Marco Editora S.A.

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