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Estancia La Josefina

Por Fabiana Balladore


Lejos del ruido gris del asfalto, el encantador paisaje de la pampa húmeda es el rincón ideal para someterse a ese ritmo candencioso en el que cabalgan el campo y sus habitantes.
La estancia La Josefina
Hotel de campo
El interior de la estancia
Actividades a medida


La estancia La Josefina

Poco a poco, la ciudad y sus ruidos van quedando en el olvido y el silencio comienza a convertirse en un aliado inseparable de ese ritmo cadencioso en el que cabalgan el campo y sus habitantes. Cuando el camino ya no sabe de grises, y el asfalto se transforma en un duro recuerdo que se pierde en algún rincón de la memoria, la primera tranquera de la estancia La Josefina se impone en el agreste paisaje, insinuando lo que vendrá.

Una huella serpenteante nos transporta directamente hasta la interminable sonrisa de Angela Bchrendt, propietaria de este remanso que se extiende a lo largo y a lo ancho de 2.500 hectáreas. Atrás, sumergidas en el ocaso de la tarde, quedaron las miradas desconfiadas de decenas de animales que parecen decididos a preservar su intimidad. Y corno si fuera poco, a la vera del sendero, dos hileras de inmensos eucaliptos, simulando ser una especie de guardia imperial natural, se mueven al compás caprichoso y arbitrario que determina ese viento tenaz.

Hotel de campo

Hace exactamente un año Angela decidió transformar La Josefina en un hotel de campo. Pero como ella misma se encarga de mencionar "ante todo se trata de transmitir un modo de vida, sin grandes alteraciones, ni maquillajes, pero otorgando a los huéspedes todo el confort y la comodidad que ofrece la modernidad".

Tal vez por haber estado de los dos lados, (como economista y responsable de las relaciones institucionales de importantes bancos y como administradora de la estancia), la mujer que desde chica se apasiona por las costumbres de la tierra sabe mejor que nadie lo que la gente necesita de La Josefina.

"Durante años trabajé en la Cíty, sumergida en esa vorágine desgastante, pero al mismo tiempo siempre encontré en el campo un refugio donde desenchufarme y descansar", señala mientras otea desde su escritorio, es-tratégicamente ubicado, todos y cada uno de los movimientos de su campo, incluso los de Coco, un viejo colaborador suyo que pacientemente arrea a Antonia, la única vaca lechera, llevándola para el ordeñe.

Para ingresar a la casa hay que traspasar una acallada terraza donde los huespedes suelen leer, comer, jugar o simplemente tirarse a tratar de adivinar a qué pájaros pertenecen los distintos y armónicos cantos, mientras dos graciosos perros intentan, con el movimiento sistemático y rutinario de sus colas, demostrar que tienen más de un motivo para estar contentos.

El interior de la estancia

En el interior, la madera y sus olores se lanzan sobre las blancas paredes pintadas con cal formando arcadas y puertas que terminan en lo alto. Justo donde el techo comienza a escaparse al encuentro de las campanas de las chimeneas que pueblan los diversos ambientes.

Una alfombra de colores termina en los tres cuartos en suite que llevan nombres de aves. Cada uno está decorado con una calidez tal que la austeridad y el confort terminan otorgando un lujo difícil de igualar. A sólo unos metros, una puerta de pinotea muestra la casa de huéspedes donde otras dos habitaciones se destacan por esos en-cantadores roperos en los que los visitantes suelen guardar los apuros de la ciudad.

Entretanto, casi como desafiando a esas aranas de hierro forjado que caen al vacío, decenas de libros instauran en el salón un aire literario imposible de esquivar.

Actividades a medida

En La Josefina, las actividades se van desperezando a la medida de las necesidades de los huéspedes, como suele sentenciar Ángela: "A mucha gente le interesa ver el campo en producción -el establecimiento cuenta con 2.600 cabezas de ganado-. Pero lo importante es que los que nos visitan no se sientan presionados. Pueden andar a caballo, en bici, leer, dormir, pascar en volanta, jugar a las cartas, o sumergirse en la pileta. Y si se quedan varios días podemos acompañarlos a Chascomús o Magdalena, donde pueden visitar la ciudad, los museos o simplemente jugar un partido de golf.

Abrazando el casco principal y las demás construcciones que conforman la estancia que fue construida en 1910 por María Jáuregui y que debe su nombre a un puesto que los padres de Angela ubicaron en viejo y sepiado mapa de fin de siglo pasado, álamos, cedros, araucarias, arces, nogales, árboles frutales y miles de flores se confunden en el monte invadiendo cada uno de los sitios que muestra el horizonte.

 

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